Yoshimar Maceda

El Carmen, 1991

Moreno, ojos muy abiertos, desde Xochistlahuaca trae una voz pulida, asentada entre dos tierras: Guerrero y El Paso, Texas. Sus poemas tienen olor y sabor. Nostalgia, violencia, erotismo, naturaleza, todo eso está en su poesía; la danza de los tigres no es sólo una lucha o una fiesta, es también una celebración de los cuerpos y un motivo para hacer el poema.

Muestra de obra

Extiendo mis brazos al viento

y soy un Cristo sin padre

o ¿un crucifijo sin dueño?

En el claro amanecer de aquel otoño, los disparos que atravesaron tu cuerpo a quemarropano asustaron a los pájaros, ni los gallos dejaron de cantar. Pero los perros de la casa olvidaron la alegría de vivir para ser sólo miserables perros. Sus ojos durmieron para no ver tu oscura sangre. Sus colas ya no se movieron al verme llegar solo.

Por largo tiempo esperaron a que tú volvieras.

Hoy uno de los perros murió. En el patio los árboles casi están desnudos. Caen sus hojas todavía, no sé si heridas, pero caen por todas partes. Como caen los cuerpos de rodillas, con el tiro de gracia, segundos antes de la muerte.

Dos hombres danzan vestidos de tigres.

Los muros de esta casa me orillan a pensar que debo volver al psiquiatra. La imagen de tu cuerpo desangrado en el asfalto tiembla en mi cabeza. Ayer odiaba este pueblo. Hoy solo una calle me entristece, donde tu recuerdo permanece edificado en una cruz de cemento.

Un ciervo es alcanzado por las últimas postas de mi escopeta. No tuvo tiempo de olfatearme. Al impacto de la bala corre y sangra sobre la hierba. A su paso el viento se agrieta. Zumban los árboles. Silencio. Un hombre agoniza en la tierra.

Dos mujeres recostadas bajo un gran árbol vigiladas por una cámara de seguridad. Ambas piensan en la soledad compartida. El letargo. La caja de fósforos. El cadáver incinerado del tabaco. Los cuerpos caídos sobre la negra madera lamida por la lluvia.

Los hombres que danzan rugen a través de sus máscaras.

Dos cuerpos del mismo sexo desnudos bajo un cielo de concreto apenas y se tocan. Queda la resaca del placer furtivo satisfecho. Oscura vanidad erótica. Gotas de lluvia resbalan por el cristal de la ventana. Las luces se apagan. Suenan disparos de una 9 milímetros detrás de la puerta.

Aún hay luciérnagas guiñando sobre la hierba.

El cielo es un océano oscuro de metálicas miradas.

Una mujer en mi recuerdo duerme y sueña que es feliz en otra parte. Yo ya no sueño nada.

Suena el tamboril y los hombres tigres empiezan a luchar. La sangre de tu cuerpo agonizando en el asfalto tiembla en mi cabeza.

Dijeron que el asesino disparó tres veces.

El primer tiro atravesó la mandíbula, dañando lengua, voz y dientes.

Un cuerpo cae antes del ocaso.

A la sangre que brota, pertenezco.

El segundo disparo fue directo a la frente.

La mirada vaga, los músculos languidecen.

La vida atraviesa el espacio como un astro que al caer se quema y se dispersa. No hay amor ni tristeza.

Solo el miedo abraza la nada.

Las voces se apagan.

Los cantos, los ríos, las palabras.

En la recámara de la pistola duerme el tiro de gracia. Dos segundos después despierta accionado por el dedo índice de la mano derecha.

Un hombre sentenció tu historia manchándose con tu sangre.

La danza de los tigres se prolonga en una lucha cuerpo a cuerpo hasta que uno cede y el otro se derrumba.

Alaridos de victoria. Llantos de furia y fuego derrotado.

La mujer que duerme en mi recuerdo despierta aturdida por el ruido de los balazos.

Una parvada de golondrinas atraviesa este cielo que ya no puedo mirar y van jugando con el viento.

Sobre este campo de concreto yace el cadáver de mi pasado.

El tigre invicto danza sobre un charco de sangre y un cuerpo acribillado.

Qué sería de tu muerte

si no te hubieran asesinado,

a quién se la darían.

Para entender tu ausencia

sé que es preciso quedarme sólo

viviendo el duelo a quemarropa,

pero ¿qué palabras debo usar

para escribir lo que siento?

Debe el poeta pensar

¿qué forma o qué metáfora

usará en cada verso?

Si es así, me declaro su enemigo.

Medito esto a la orilla de la costa

sentado sobre un tronco,

la espuma de las olas me acaricia los pies

la luz de un avión parpadea y se pierde entre las nubes

el mar es mi refugio en los días de nostalgia

¿Debo escribir ¡oh qué fúnebre silencio!

para darle fuerza a mi tristeza?

Si bien saben que, sangra más

la herida de una bala

que una sitiada palabra,

y no es la roca más bella por su silencio

sino por el golpe que le atisba al viento.

Entonces, cómo nombrarte aquí

cómo decir que soy una tumba vacía,

roca de sal que las olas ya no alcanzan.

Un gato andando por esta playa me mira,

sobre las bravías olas un barco se desliza

y en la otra orilla me guiña un faro.

¿Cuánto debo esperar para

entender que nunca es demasiado?

que tu memoria no es un sepulcro

ni tu ausencia es habitable.

Entonces me quedo callado

sabiendo que de nuevo

me morderé la lengua

aunque me broten lágrimas,

y así, nadie sabrá cuánto te siento

ni pensarán que aún te espero.

En memoria de Lucero Santos

Ahora me pertenezco sólo

en mi templo blasfemado

aún me acechan las angustias

más no por ello busco aliados.

Como el ciervo alumbrado salto

y no puedo esquivar el disparo;

balazo de recuerdos en el pecho

me derrumbo, me emborracho.

Tengo sombras de tu cuerpo

pisándome los pasos.

Y de nuevo te sueño

con navaja en mano,

venas de mi yugular temblando.

La mano con la que hice el disparo

no ha vuelto a parir una caricia.

A nada me apego en esta vida

pero me llevaría algunas cosas a la tumba:

dos canciones y una fotografía

para convencer a la muerte

que de donde soy se canta de tristeza

y se llora de alegría.

*

Hay paz en este lugar

donde mi carne se adhiere

al éter que cubre los objetos.

Salir a involucrarme con otros

significa entrar a un campo de batallas

de donde nadie saldrá ileso.

Debe ser duro, ser un hombre

que acepte su fracaso como experiencia

sin el menor prejuicio.

Para mí el único fracaso

fue un suicidio no consumado.

Si el tiempo me concede un deseo

quiero saber cuántas muertes he vivido

porque ya presiento que he andado estos caminos.

O cuántas vidas he muerto

para aceptar sin miedo mi destino.

De A QUEMARROPA — ÍBERA EDICIONES España 2024